dissabte, 17 de juliol de 2010

Jugar amb foc

Aquí teniu una reflexió d'en Jaume Botey arran de la manifestació del passat 10 de juliol. Una reflexió que, com sempre, em sembla encertadíssima.
Mercè

Jugar con fuego
Reflexiones de un cristiano después de la manifestación
Quienes crean que lo ocurrido con la manifestación del pasado sábado en Barcelona es pasajero van equivocados. Fue la manifestación de un corrimiento de suelo profundo, resultado de una irritación colectiva que viene de lejos. No, los catalanes no se volvieron todos locos de un plumazo. Desde que en 2004 el Gobierno de la Generalitat se propuso la reforma del Estatuto, el PP desató una virulenta e insólita ofensiva contra Catalunya, que en parte cuajó en el resto del estado. Cobró cuerpo un debate acerca de la unidad de España como bien moral, se dio alas al nacionalismo españolista y centralista, se acusó a Catalunya de insolidaria.

Algo se ha hecho mal, muy mal, y el resto de España debe entender. La sociedad civil entera, los presidentes de las grandes corporaciones empresariales, directivos de todas las entidades financieras, los rectores de todas las universidades, decanos de todos los colegios profesionales, cartas colectivas de miles de intelectuales de todos los signos, más de 1500 entidades culturales convocantes, no se han cansado de proclamar que se ha jugado con fuego, que la provocación del PP con su recurso y el Constitucional con la sentencia han encendido la mecha en la pólvora, que se sobrepasaron todas líneas rojas de respeto que nunca debían de haberse sobrepasado. Se han herido sentimientos, y esto tiene difícil arreglo. Han conseguido lo que el franquismo no consiguió en años: la opción independentista se ha abierto paso por primera vez en el espacio central de la política catalana. PP y el Constitucional convertidos en los grandes aliados del independentismo! La manifestación se había convocado contra la sentencia y para defender el Estatuto, pero la gente pasó de Estatuto. El grito era ya independencia, “Adiós España”, fue lo más coreado. Siembra vientos y recogerás tempestades.

El daño causado es inmenso y lo vamos a pagar todos. Probablemente los efectos de la sentencia no se verán a corto plazo. Probablemente la calle y la escuela seguirán siendo bilingües y las leyes aprobadas en estos cuatro años de sentencia-pendiente no serán modificadas. Pero el tema no está ya en la sentencia en sí, o si se mantiene el 85 o 90% del Estatuto, sino en la sensación de humillación y de burla, de desprecio, de falta de lealtad, de agravio comparativo. La manifestación marcó un punto de inflexión. A partir de ahora la política española estará marcada por Catalunya en la misma medida en que lo ha estado hasta ahora por Euskadi. Aquí será la desafección, el alejamiento mental, la conciencia de pertenecer a otro mundo, la sensación de hartazgo. El eslogan “Los políticos y los jueces pasan, los pueblos permanecen y ganan” en un contexto de independentismo era un fenómeno impensable hace sólo cinco años en Catalunya. Quienes durante años hemos trabajado bajo la lógica del diálogo hemos fracasado. De golpe nos hemos visto superados por la lógica de la confrontación.

En este contexto y como creyente me preocupa extraordinariamente la postura de la Jerarquía, y en concreto la de la Conferencia Episcopal Española (CEE). Por su responsabilidad también en esto, porque no hace tanto también ella, con sus declaraciones y manifestaciones, en la calle atizó el fuego de la confrontación y en la COPE insultó y sembró odio contra Catalunya. El 3 de noviembre del 2002 la CEE emitió un documento inspirado en el pensamiento político de Rouco y Cañizares “Sobre la valoración moral del terrorismo en España”, cuya última parte titulada “el nacionalismo totalitario” produjo un profundo malestar entre los obispos, clero e iglesia de base de Catalunya y Euskadi: confundiendo “nacionalismo” con “totalitarismo”, sin ninguna referencia al franquismo como totalitarismo ni al nacionalismo españolista y centralista de nuevo cuño, y sacándose de la manga el nuevo argumento de la unidad de España como “un bien moral”.

Afortunadamente desde 1985 la Jerarquía de la Iglesia en Catalunya, en el documento “Les arrels cristianes de Catalunya” había reafirmado su histórica posición de soporte y acompañamiento de la cultura catalana y sus legítimas expresiones políticas, siguiendo el discurso de Juan Pablo II en la UNESCO en el que el papa aplicaba para los colectivos los mismos Derechos que los Derechos Humanos individuales: libertad, respeto a la lengua y la cultura, etc.

El entonces obispo de San Sebastián, Juan Maria Uriarte, consideró que debía distanciarse de la postura de Rouco y Cañizares. Muchos obispos catalanes coincidían con el obispo de San Sebastián. Ante esto y ante la pérdida de las elecciones por el PP tras su empecinamiento de atribuir el atentado de 11-M a ETA, el sector más españolista de la CEE consideró que debía pronunciarse de nuevo y lo hizo el 7 de enero de 2005, apelando al documento de 2002 y condenando de nuevo sin especificar los “nacionalismos totalitarios”. A partir de entonces los obispos encabezaron por primera vez y en repetidas ocasiones multitudinarias manifestaciones y se expresaron sobre todo, en la COPE a través de los tristemente portavoces Jiménez Losantos y César Vidal.

Pero no bastaba. Rajoy y el PP exigieron más. Hacía falta una nueva Instrucción Pastoral que completara la anterior. Una vez más se quería forzar a la CEE a posicionarse a favor de la posición política del PP. que no cejaba en su actitud belicosa en el parlamento y en la calle. La CEE convocó una Asamblea Extraordinaria los días 21 y 22 de junio para discutir y aprobar este documento, pero previendo su contenido se suscitaron importantes recelos entre la sociedad civil y en la misma CEE y se decidió aplazar el debate hasta otoño. Finalmente Fernando Sebastián, entonces arzobispo de Pamplona, fue el encargado de coordinar los trabajos de un nuevo texto que, finalmente, con el título “Orientaciones morales ante la situación actual de España” fue aprobado el 23 de diciembre del 2006. En él el tema del nacionalismo, sin duda el asunto que había despertado mayor expectación, quedaba diluido en el último capítulo acerca de consideraciones morales.

Además de los prelados de las diócesis catalanas y vascas, muchas voces se habían levantado contra la posibilidad de un documento episcopal que sancionara la tesis de la unidad de España como un bien moral. Entre ellas, una treintena de católicos catalanes, entre los que figuraban obispos, dirigentes religiosos y renombrados políticos afirmando que “la supuesta unidad (de España) no es un bien pastoral sino un propuesta política” y que “adoptar una tesis política, ajena totalmente al Magisterio pontificio, significaría de hecho expulsar a una parte de los católicos que no comulgan con una visión unitaria y centralista”.

Cañizares y Rouco habían expresado en infinidad de ocasiones la teoría del “bien moral” de la unidad de España ante todos los medios sociales, religiosos y políticos (Club S.XXI de Madrid el 20 de enero del 2004 frente a la cúpula del PP). Son de destacar los “sólidos!” argumentos históricos, teológicos y bíblicos que utiliza Cañizares: el fundamento de la unidad se remonta al año 589 en el III Concilio de Toledo con ocasión de la consagración del rey Leovigildo como“Conquistador de nuevos pueblos para la Iglesia Católica”. O en la Reconquista nacida en Covadonga como “Cruzada que forjó una Patria para recristianizar España”. Isabel la Católica, merece el título de Santa ya que durante su reinado “el valor de la salvación de las almas de los súbditos que le habían sido confiados se convierte en la razón principal de su política” y autoriza a Cristóbal Colón “para que fuera a las nuevas tierras para la evangelización, que fue la razón final y básica de tal autorización” (homilía en el Pilar de Zaragoza, 11 octubre 2005), iniciando con ello la gloriosa gesta de la Hispanidad. Posteriormente, con la aparición del protestantismo, la España del siglo XVI será el gran “modelo de fidelidad a la Iglesia en su lucha contra la herejía. Sin la unidad de los pueblos de España estas grandes empresas no hubieran sido posibles. La derrota del Islam en Lepanto fue posible porque España era una unidad política. Por eso la España unida se hace acreedora del título de “nación escogida para ser la espada y el brazo de Dios”. Y así podríamos seguir con las valoraciones que Cañizares hace de la incorporación de la Corona de Aragón, del sometimiento por la fuerza de Catalunya etc. Creíamos que la visión maniquea y mitificada de la historia había terminado con la moderna historiografía. Lo peor de esta visión no es que sea sectaria, sino su ignorancia e infantilismo.
Más peregrino si cabe es el argumento bíblico: la existencia de España ya consta en la Biblia. España es una realidad reconocida en la mismísima Sagrada Escritura. San Pablo, en su Carta a los Romanos, por dos veces, menciona a España (Hispania), al anunciar un viaje de evangelización (Rom 15:24 y 15:28). En consecuencia, el respeto a la verdad exige reconocer que España existe desde los tiempos apostólicos.
Cañizares no se esconde de decir, finalmente, que se trata de un bien moral porque ha reportado muchos beneficios a la Iglesia. Ante la aceleración vertiginosa del proceso de desmembración territorial debe plantearse que el hecho de que España haya sido una unidad, y que esa unidad haya sido puesta al servicio de los intereses de la Iglesia, ha permitido a ésta logros que, de estar España fragmentada políticamente, hubiesen sido altamente improbables. Por tanto, la unidad de España, indiscutiblemente, ha sido un bien moral. En consecuencia, los nacionalismos que pongan en cuestión la unidad de España son inmorales.

Con este pobre bagaje intelectual, el Cardenal Cañizares se convierte en martillo de herejes, condena el secularismo de la sociedad española, defiende la COPE como símbolo de la libertad, acusa al gobierno español de totalitarismo, condena el diálogo que supuso la tregua de ETA, considera que la Iglesia está perseguida, afirma que “estamos en una batalla en la que se intenta despedazar a la Iglesia”. Se trata de un fundamentalismo religioso sin ningún fundamento, que pretende dar soporte a otro fundamentalismo político. En tanto que fundamentalismos, ni el nacionalismo españolista ni el nacionalcatolicismo tienen necesidad de conectar con el pensamiento, con la cultura, no tienen necesidad de entrar en el debate de las ideas. Para qué, si ya tiene la verdad absoluta. Por eso se puede permitir el lujo de ser ignorante. Pero tampoco tiene necesidad de conectar con la realidad presente, en el proceso siempre cambiante de la historia. Para qué, si ya tiene la verdad absoluta. Por eso se puede permitir el lujo de vivir de espaldas a la gente, a sus deseos o necesidades.

Que la Jerarquía de la Conferencia Episcopal Española, en lugar de tender puentes y diálogo, haya tomado partido por el centralismo españolista, ahondando la división en la sociedad española en general y en particular en Catalunya y Euskadi sólo puede entenderse desde la consideración de su verdad eterna venida de lo alto, desde el fundamentalismo.

El nacionalismo españolista está en auge. Impuesto por las armas y el báculo en el pasado lejano. Y ha vuelto a estar presente en nuestra vida social. Por razones de Estado o con la estrategia de hechos consumados el nacionalismo españolista se considera el único, el verdadero. Y hoy como entonces, se propone en conflicto con los nacionalismos periféricos. Con la salvedad que el nacionalismo españolista, por la fuerza de las armas, ha tenido siempre las de ganar y los nacionalismos periféricos las de perder. Armas y báculo se dan la mano, se necesitan mutuamente.

Los ideólogos del franquismo sabían la enorme relevancia política de la identidad católica en la concepción de España como estado unitario. Y el nacionalcatolicismo legitimó, a cambio de privilegios, la política de dominación y el modelo centralista del estado franquista. Por eso, para ambos, para la política centralista y para la Jerarquía españolista, la incuestionable unidad de España no es vista sólo como un hecho histórico sino como una esencia permanente.

Ojalá seamos capaces de reconducir este proceso envenenado hacia el diálogo.
Jaume Botey 12 de julio de 2010