divendres, 12 de febrer de 2016

Liturgia, en femenino singular

Para muestra, un botón
Jueves Santo en una catedral española. Eucaristía de la Cena del Señor presidida por el obispo, acompañado de un sacerdote, un diácono y cuatro acólitos. Liturgia bien cuidada y solemne. Monición sobre el lavatorio de pies: se insiste en el valor del servicio a los hermanos. En el presbiterio están sentados doce ancianos de edad considerablemente avanzada. El obispo comienza el lavado, que tiene un carácter obviamente simbólico. Toda la comitiva (en total, siete hombres) va deteniéndose ante cada uno de los ancianos. Tras ellos, a una distancia prudente, dos mujeres ayudan a cada anciano a ponerse el calcetín, a calzarse y a abrocharse los zapatos. Más tarde son ellas quienes los acompañan de vuelta a sus asientos en la iglesia. Tantos hombres –pensé- para que al final el servicio real y eficaz lo desempeñen las mujeres.
 
Debo reconocer que la escena me resultó chocante y que, en lugar de contribuir a centrarme en lo que estaba celebrando, consiguió todo lo contrario. Una experiencia sin embargo nada anómala: una expresión litúrgica ortodoxa, en absoluto improvisada, diría que mimada, acorde con todas las rúbricas, que, sin embargo, no solamente no consigue conectar con buena parte de los fieles, sino que se da de bruces con la cultura en la que se desarrolla.
Una celebración en cuya concepción no han intervenido mujeres
 
No cabe duda de la riqueza de nuestra tradición litúrgica. Creo que no sería deseable ni oportuno adentrarse en la liturgia ficción tratando de imaginar qué habría sucedido si las mujeres hubieran tenido ocasión de aportar a los tratados litúrgicos su experiencia, su sabiduría, su modo de vivir la fe. En cualquier caso, no se ha contado con ellas, como ha ocurrido en tantos otros ámbitos, y además se ha considerado “natural” esta ausencia. En realidad, la ausencia no ha sido percibida como tal, aún hoy, por muchos. Una primera cuestión, pues, tiene que ver con la participación de las mujeres no solamente en la práctica de la liturgia en parroquias y comunidades, sino en su concepción, revisión y elaboración. Para lo cual es necesario, obviamente, que las mujeres tengan mejor acceso a la formación teológica y que las decisiones que afectan a la liturgia se tomen de forma paritaria.
Diecinueve hombres en el presbiterio, y ninguna mujer
 
Dejando aparte la oportunidad o no de que solamente los varones puedan presidir la celebración Eucarística, cabe preguntarse por qué las mujeres no pueden ser diaconesas, ni acólitas instituidas (aunque he visto mujeres revestidas efectuando servicios al altar en lugares como la catedral de Mainz o la de Nôtre Dame de Paris), o no hayan sido consideradas dignas, hasta la reciente modificación del papa Francisco,  de que el celebrante, en la Cena del Señor, les lave los pies.
 
He vivido la humillación de algunas mujeres –de probada bondad y experimentado y discreto servicio eclesial- acostumbradas a repartir la comunión y enviadas con malos modos a sentarse cuando el celebrante pasó de ser el párroco habitual a ser otro sacerdote. Un hecho que además levantó ampollas en la comunidad cristiana en cuestión, que lo vivió con irritación, pero la norma es la norma: donde hay sacerdote, no hay laico. Ni laica, claro. Tal vez exista algún argumento teológico –lo desconozco- que impide que las mujeres colaboren en estas tareas, pero, al margen de quien presida una celebración, me parece sano y equilibrado que en el presbiterio, y en función de las tareas asignadas, se visualice la aportación de hombres y mujeres.
 
Hemos avanzado, en cambio, con la colaboración de las mujeres que se ocupan de dirigir la celebración de la Palabra en los lugares donde una Eucaristía es inviable por la carencia de presbíteros.
La excesiva timidez del símbolo
 
Otro aspecto que me llamó la atención es la distancia entre la realización del símbolo (ese verter agua en un pie, secarlo rápidamente y pasar al vecino) y su significado. Sin duda, lavar doce pares de pies en una Eucaristía requeriría mucho tiempo. Pero sin embargo, este es un símbolo potente que yo creo que se desaprovecha. La mayoría de mujeres (y por suerte cada vez más hombres) hemos experimentado que el acto físico de lavar a otro (un rol que probablemente hemos desempeñado infinidad de veces en el cuidado de las personas) comporta proximidad, contacto físico, mojarse –nunca mejor dicho-, y es expresión de afecto y de amparo. Por otra parte, llama la atención que en el lavatorio arriba descrito los elementos que son propiamente no simbólicos, sino de servicio real son los que quedan al margen, los que no son valorados... y los que realizan las mujeres. ¿Se hubiera producido un caos litúrgico si un acólito hubiera calzado a un anciano?
 
Creo que la utilización de los símbolos en nuestras celebraciones a fuerza de estilización, resulta tan abstracta, que dificulta encontrar su sentido. Ocurre con la administración de los óleos y del agua, ocurre con un pan que no se asemeja al que comemos diariamente, ocurre con un vino que la mayoría de veces los participantes en la Eucaristía no probamos, o con un fuego pascual que a veces roza el ridículo. Es como si se considerara que cuando un símbolo se hace concreto, sus aspectos prácticos (tan cercanos a la cultura tradicional de la mujer) hay que desestimarlos, cuando son un buen punto de conexión con la vida real y cotidiana.
Solemnidad litúrgica versus contaminaciones periféricas
 
La celebración perfecta a veces viene acompañada de una cierta frialdad. Ya sé que se espera de los fieles la “actuosa participatio”, pero no siempre la comunidad consigue expresarse a sí misma en la celebración litúrgica. Dicho de otro modo, debería notarse la vida de la comunidad, lo que preocupa en su entorno, sus afanes, las relaciones entre sus miembros y sus vecinos, y muy especialmente su relación con los más pobres. La Eucaristía debería reflejar el carácter y los anhelos de quienes participan en ella. Y en estos anhelos deberían estar incluidos los que viven en la “periferia existencial”, como dice el papa Francisco. Parte de esta periferia suele estar atendida por la pastoral de la salud y por las Cáritas parroquiales, servicios realizados muy mayoritariamente por mujeres. Deberíamos preguntarnos cómo hacer para descompartimentar nuestras comunidades de modo que lo que se vive en Cáritas se transmita a la Eucaristía y llegue así al conjunto de la comunidad, no como una anécdota excepcional, sino como una parte substancial de nuestra fe, lo cual, de por sí, favorecería una mayor participación activa de las mujeres. En realidad, la responsabilidad de Cáritas es claramente un servicio propio de un diaconado, que podría estar vinculado al altar, y ser realizado por una mujer (no obstante, las muy femeninas Cáritas muy a menudo son dirigidas por hombres!).
 
Y otra cuestión es cómo las personas que sienten inquietud espiritual, pero no han descubierto la fe en Jesús, las personas que padecen por cualquier causa, las que están enfermas física o psíquicamente, las que están en paro o se sienten marginadas de alguna manera, pueden sentirse bien acogidas en cualquiera de nuestras celebraciones. Esto tal vez signifique saltarse alguna rúbrica, repensar los espacios, adecuar el lenguaje... Es probable que la consecuencia sea una liturgia un poco contaminada. Pero es lo que tienen las periferias, ya en el tiempo de Jesús.
Un lenguaje litúrgico que debe conectar con el código cultural
 
Aunque la liturgia se manifiesta a través de las palabras, su fuerza radica precisamente en que es también una expresión no verbal, que conecta con facilidad con el arte y con la interioridad sin mediar necesariamente una explicación racional. El símbolo, el gesto, la acción nos acercan al corazón del Misterio. Sin duda, nuestras celebraciones conectan con expresiones universales comunes a todas las culturas, pero sin duda también se ponen en diálogo para bien o para mal con el código cultural que las acoge. Y ahí es donde se produce una gran fisura. El mero hecho de que en las celebraciones las mujeres tengan un rol pasivo o invisible, rechina en una sociedad en la que la presencia femenina se ha hecho imprescindible en todas las instituciones. Si esto, a muchos cristianos de a pie, nos incomoda, creo que se convierte en una barrera importante para la evangelización, porque, por activa o por pasiva, la liturgia no deja de expresar cómo son las relaciones entre los miembros de la Iglesia. Y estas relaciones están marcadas por una histórica desigualdad.
 
Mientras las mujeres no nos sintamos valoradas por la Iglesia, el mensaje de Cristo permanece velado. ¿Son prejuicios? Probablemente, pero bien alimentados por algunas voces eclesiásticas cualificadas que consideran que ningún discurso de género debe tener cabida en la Iglesia. Como si Jesucristo mismo no hubiera desafiado tantos prejuicios en relación a la mujer. Mientras la aportación de las mujeres al culto, a la pastoral, a la organización, no sea valorada suficientemente, nuestras comunidades sin duda se empobrecen y entorpecemos la transmisión del Evangelio.
Algunas cuestiones, a modo de conclusión
  • ¿Por qué la liturgia, a pesar de su carácter central en la vida cristiana, ocupa un lugar tan discreto en la formación teológica básica que se ofrece tanto en parroquias y movimientos como en las facultades de teología?
  • ¿No debería promoverse el estudio de la teología y la liturgia entre las mujeres? ¿Por qué los activos de formación teológica y pastoral de la Iglesia se dirigen preferentemente a quienes van a ser ministros ordenados? ¿Qué proporción de mujeres (y de laicos en general) obtiene becas y se doctora en las grandes universidades católicas? Creo que sería justa y necesaria una política eclesial que contribuyera a equilibrar la paridad entre sabios (y sabias).
  • En el pensamiento litúrgico, ¿cabrían otras aportaciones interdisciplinares aparte de las que proceden del ámbito estrictamente teológico y técnico de la liturgia? Al fin y al cabo, la liturgia comprende la vida entera. Y ahí las mujeres pueden hacer aportaciones valiosas desde las ciencias humanas y sociales. Porque sin duda las disciplinas donde se tiene en cuenta la relación con las personas (educación, enfermería, trabajo social, antropología, psicología...) suelen ser campo “de mujeres” (que va abriéndose lentamente a los hombres) y aportación imprescindible para comprender el lenguaje de nuestro mundo.
  • A veces, algunos liturgistas da la impresión de que se plantean la liturgia como un desarrollo normativo. Por lo tanto, la bondad o no de una determinada celebración no se mide por su impacto en la comunidad (difícil de valorar, ciertamente), sino por su ajuste a la norma. ¿Qué tal si se tuviera en cuenta a los equipos litúrgicos laicos parroquiales o de las comunidades? Seguro que sus observaciones sobre qué funciona y qué no funciona y cómo se percibe la liturgia en su entorno son también valiosas.
  • ¿Por qué no se se reconocen más explícita y visualmente (una forma de hacerlo sería vestir el alba) los servicios al altar que los laicos y laicas realizan? Disponer lo necesario para la celebración, ejercer como acólita, leer, preparar moniciones y plegarias, dirigir los cantos, repartir la comunión, recoger la comunión para los enfermos…
 (Article a punt de publicar-se a la revista Phase)

3 comentaris:

Alfons Collado ha dit...

Perfectes, la teva reflexió i els teus suggeriments.
Fes difusió masiva. Jo ho faré.

- Recordeu la benedicció de l'altar a la bssílica de la Sagrada Familia amb Benet XVI?.
- Quan vàrem celebrar el 10è. aniversari de la diòcesi de Terrassa, el 15 de juny de 2015, eren uns 30 homes i 2 escolanetes. Va ser motiu de reflexió en la reunió del Consell Pastoral Diocesà, al que pertanyo. Va ser evident que tots el homes estaven justificats així com l'evidència de manca de voluntat i d'imaginavió per canviar, de transgredir (Per què no hi era la superiora del Puigraciós ?, ... la ...

Jordi Morrós Ribera ha dit...

Per a mi no deixa de ser curiós que la mateixa autora d'aquestes línies citi textualment aquesta expressió que tots hem sentit en un moment o altre.

"algunas voces eclesiásticas cualificadas que consideran que ningún discurso de género debe tener cabida en la Iglesia".

Si estranyar-se per la manca de normalització en la participació de les dones a la litúrgia s'ha de confondre amb les reivindicacions de gènere, malament anem i el procés de desconnexió entre llenguatge litúrgic i codis culturals continuarà la seva evolució imparable.

Mercè Solé ha dit...

Hola a tots dos. Sí, d'exemples podem trobar-ne milers, a tot arreu. Buff. La veritat és que em produeix vergonya aliena quan vaig a una comunitat de monges i veig que sempre estan pendents d'un capellà o altre, que pot tenir estils molt diversos. ¿Per què no han de poder celebrar elles mateixes?
Jordi, és que comença a estar de moda entre bisbes i liturgistes afirmar que el discurs de gènere és tan dolent com el marxisme. I, vés, a mi m'agraden totes dues coses. Però quan es tracta de parlar de la dona a l'Església ho arreglen qualificant-lo de malèvola influència feminista. Ai!